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Crónicas puntanas: el enigma de la pequeña en El Chorrillo

Cada uno de los relatos presentados aquí posee un respaldo real y verificable, contando con sus protagonistas identificados plenamente.

Por Redacción
Crónicas puntanas: el enigma de la pequeña en El Chorrillo

Cuando contaba con solo seis años, Cirilo se trasladó junto a sus parientes a una casona histórica situada en El Chorrillo, área que actualmente integra el municipio de Juana Koslay.

Aunque su progenitora le advirtió que no se distanciara de la propiedad, el pequeño poseía un espíritu audaz y curioso.

A poca distancia, apenas cien metros de allí, se hallaba un molino abandonado junto a un arroyo de aguas cristalinas, vegetación baja y un precipicio considerable.

Al explorar aquel terreno, el niño descubrió un cúmulo de arcilla roja. Al notar que, tras humedecerla, podía manipular el material con facilidad, decidió emplearlo para confeccionar diversas figuras artesanales.

Cirilo utilizó trozos de aquel suelo arcilloso junto al agua del arroyo para dar forma a animales de granja. Depositaba sus rudimentarias creaciones sobre una roca plana que funcionaba como mesa, sintiéndose satisfecho con su labor, a pesar de las limitaciones técnicas.

Al regresar durante la sobremesa del día posterior, encontró sus piezas endurecidas por el clima. Mientras se preparaba para modelar más, divisó a una niña de su misma edad sentada al borde de la barranca, moviendo sus piernas sobre el vacío.

El niño intentó saludarla levantando la mano, pero no obtuvo respuesta alguna.

Mientras continuaba con su tarea, se cuestionaba de dónde vendría aquella pequeña, ya que no existían viviendas en los alrededores. Tras esa jornada, había logrado completar dos decenas de figuras.

Al volver al día siguiente para revisar sus obras, se llevó una sorpresa: todas las piezas habían sido retocadas con una técnica magistral, transformándose en piezas de arte detalladas, muy lejos de las formas imperfectas que él había esculpido.

La niña continuaba sentada en el mismo sitio, balanceándose. Al igual que antes, el saludo de Cirilo fue ignorado por ella.

Esta dinámica se repitió durante varias jornadas. Posteriormente, el niño llevó algunas de las estatuillas a su centro educativo, donde su maestra quedó maravillada por el nivel de detalle, consultándole si él era el artífice de tales maravillas.

Cirilo evitó confirmar la autoría. Finalmente, decidió acudir a la barranca con la firme intención de consultar a la niña si ella era la responsable de perfeccionar sus creaciones, pero nunca volvió a verla.

Durante el resto de su existencia, Cirilo se interrogó sobre la naturaleza de aquella figura, preguntándose si se trataba de alguien real o de un ser celestial. En la actualidad, siendo ya abuelo, conserva aquellas piezas intactas y comparte el misterioso suceso con su descendencia.

(En memoria de Cirilo Guillermo Lucero y su obra "Pequeñas Historias")

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