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Cinco décadas y media de maestría artesanal: la tapicería de Antonio Magallanes en Villa Mercedes

Con 75 años, el artesano reflexiona sobre la evolución de sus técnicas y el legado familiar que, a través de sus hijos y nietos, asegura la continuidad de este oficio tradicional.

Por Redacción
Cinco décadas y media de maestría artesanal: la tapicería de Antonio Magallanes en Villa Mercedes

En el barrio San José de Villa Mercedes, el local ubicado en la calle Pringles al 741 se convirtió en un símbolo de tradición, donde el constante murmullo de las máquinas de coser y el aroma característico de los tejidos dan vida a una tapicería que lleva el nombre del sector y guarda décadas de historia familiar.

Allí, Antonio Magallanes continúa ejerciendo con la misma energía de hace 57 años su labor técnica. El negocio es un centro de actividad constante donde, además de renovar el tapizado de mobiliario y vehículos con diversas telas o cueros, se ocupan de restaurar el acolchado para optimizar el bienestar del usuario. José, uno de sus hijos, destaca que el valor del esfuerzo cotidiano es la principal herencia recibida de su padre.

Antonio Magallanes junto a su esposa Antonia Sosa. (Foto: Nahuel Sanchez)

La relevancia local del taller trascendió gracias a la intervención de Emma, su nieta de cinco años, quien entrevistó a sus abuelos para redes sociales, logrando que el establecimiento ganara visibilidad y captara el interés del medio El Chorrillero.

Durante la charla, Antonio estuvo acompañado por su esposa, Antonia Sosa, quien recordó su rol fundamental en la gestión diaria del taller, desde la organización de los materiales hasta el acompañamiento compartido con mates. Ambos coinciden en que esta etapa de sus vidas les permite valorar principalmente el tiempo que comparten junto a la descendencia.

Antonia rememora que, en los inicios, mientras ella trabajaba en casas particulares y se dedicaba a la construcción, sus cuatro hijos crecieron en el taller, aprendiendo el oficio paralelamente a su formación académica. Para ella, el local es mucho más que un negocio, es el eje que mantuvo a la familia unida a través del tiempo.

Antonio Magallanes junto a su esposa Antonia Sosa. (Foto: Nahuel Sanchez)

Si bien José, Jorge, Alejandro y Eugenia desarrollaron sus propias carreras profesionales, todos conservan el vínculo con el taller, colaborando con los pedidos al finalizar sus jornadas laborales.

Para Antonio, el oficio es una forma de expresión humana y artesanal. Aunque el mercado cambió, él mantiene firme su postura de que la tapicería es una actividad atemporal que, lejos de desaparecer, se ha profesionalizado gracias a los centros de capacitación, consolidando un rubro que mezcla precisión técnica y diseño.

La tapicería por dentro. (Foto: Nahuel Sanchez)

El camino de Magallanes en esta industria surgió por casualidad. En su juventud, aspiraba a ser sastre, pero desistió tras recibir consejos sobre el declive de la sastrería tradicional ante la llegada de la ropa industrializada. Gracias a sus vínculos familiares, ingresó a una tapicería local para formarse bajo la tutela de Aldo Panza. Tras cumplir el servicio militar en 1971, inauguró su primer taller en el cruce de Betbeder y Montevideo, mudándose luego por un tiempo a La Toma, para finalmente regresar en 1978 a Villa Mercedes, donde construyó su hogar y su negocio.

En cuanto a la tecnología, el cambio ha sido radical. Antonio recordó sus inicios trabajando con martillos magnéticos y tachuelas en la boca, comparándolos con la eficiencia actual de las herramientas neumáticas y máquinas eléctricas que agilizan drásticamente los tiempos de producción. Actualmente, su clientela se extiende a otras localidades como Merlo y Justo Daract.

La tapicería "San José". (Foto: Nahuel Sanchez)

Con 75 años y una vida marcada por la cultura del trabajo —herencia de sus padres, cuyo esfuerzo también honra conservando una máquina de coser antigua como reliquia—, Antonio disfruta plenamente de sus ocho nietos. Para el tapicero, su actividad sigue siendo una fuente de satisfacción personal y un motivo de orgullo que lo mantiene activo y feliz.

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