Arocena forma parte de la historia de San Luis. Envuelta entre documentos, tradición oral y leyenda, forma parte de las raíces más profundas de San Luis. Mujer de origen indígena, vinculada por la tradición a los huarpes y michilingües de los llanos puntanos, Arocena fue presentada durante generaciones como una princesa, una mujer de carácter firme y espíritu sereno que quedó atrapada en uno de los momentos más trascendentes y dolorosos de la historia americana: la llegada de los conquistadores europeos.
Recordarla es reconocer que la historia de San Luis también fue construida por los pueblos originarios, por sus mujeres, por sus caciques y por aquellas comunidades que habitaban estas tierras mucho antes de la llegada de los españoles.
Arocena es, en ese sentido, memoria, resistencia y cultura viva. Mucho antes de ella ya existía una historia. Las serranías de San Luis fueron refugio de antiguos grupos cazadores y recolectores. Uno de los testimonios más extraordinarios se encuentra en la Gruta de Intihuasi, en las cercanías de La Carolina, donde las investigaciones arqueológicas permitieron reconstruir parte de la historia temprana de quienes habitaron estas tierras.
Con el paso de los siglos, el territorio local fue habitado por distintas culturas y parcialidades indígenas, entre ellas huarpes, comechingones, puelches, pampas y olongastas. En ese complejo mapa cultural aparecen también los llamados michilingües, denominación atribuida por algunos estudios históricos y geográficos.
Es en ese universo prehispánico donde la tradición ubica a Arocena Koslay. La princesa de los llanos, según la tradición, Arocena Koslay (o Coslay) habría nacido en los llanos del sudeste puntano, en la zona de la actual Justo Daract, cerca del límite con Córdoba.
Se la presenta como hija primogénita del cacique Cabeytú Koslay y destinada a convertirse en conductora de su pueblo. Los relatos la describen como una joven de mirada serena, voz dulce, carácter decidido y profundo amor por la naturaleza. Una mujer que conocía los secretos de su tierra, el comportamiento de los animales, los frutos del monte y el lenguaje del viento.
Pero ese mundo comenzó a cambiar cuando los primeros hombres blancos aparecieron en la región. La llegada de los españoles significó un quiebre. Para los pueblos originarios, aquellas armas, caballos y formas de ocupación representaban una amenaza desconocida.














