Los atentados del 11-S, los más graves de la historia moderna de Estados Unidos, han marcado a fuego el devenir de ese país y del mundo en general.
Más allá de la marca indeleble en la memoria colectiva estadounidense, los ecos de esa tragedia han trascendido los años y las fronteras.
A continuación, repasamos cinco formas en las que esos acontecimientos han cambiado y siguen definiendo aspectos de la vida de Estados Unidos.
Las guerras en Afganistán e Irak
Al calor de los atentados, el entonces presidente estadounidense, George W. Bush, declaró lo que se conoció como "guerra contra el terrorismo", un tipo de conflicto nunca antes visto con el que Estados Unidos apuntaba a liderar una lucha contra "una red radical de terroristas y todos los gobiernos que los apoyen", según indicó el mandatario en un mensaje al Congreso, ocho días después del 11-S.
El 7 de octubre de 2001, sin que siquiera se hubiera cumplido un mes de los ataques, Estados Unidos y su coalición de aliados –que incluyó a Reino Unido o Francia, entre otros– iniciaron la invasión de Afganistán, con la meta de derrocar al régimen talibán, al que acusaban de dar cobijo a Al-Qaeda y su líder Osama bin Laden.
Posteriormente, en 2003, la Administración Bush lanzó la invasión de Irak, argumentando que el régimen de Saddam Hussein patrocinaba el terrorismo y alegando, falsamente, que contaba con armas de destrucción masiva.
Aunque ambas campañas tuvieron, para los objetivos estadounidenses, victorias iniciales rápidas, se convirtieron en conflictos empantanados, que le costaron la vida de más de 7.000 militares y billones de dólares. Mientras las tropas estadounidenses se retiraron definitivamente de Afganistán en agosto de 2021, se espera que antes de fines de septiembre pondrá fin a su presencia militar en Irak luego de 23 años.
Las consecuencias de la intervención de Estados Unidos y sus aliados son todavía más grandes para la región. Según el proyecto Costos de la Guerra de la Universidad Brown, alrededor de 940.000 personas fueron asesinadas en Afganistán, Irak, Yemen, Pakistán y Siria como resultado directo de la violencia posterior al 11-S, un número que se elevaba hasta 2023 a más de 4,5 millones, si se tomaban en cuenta los impactos de la guerra, como la inseguridad alimentaria, la falta de infraestructura de salud o la inestabilidad política.
En Estados Unidos, la percepción de la opinión pública sobre estos dos conflictos también fue variando a medida que se prolongaron en el tiempo. Varias encuestas mostraron que el férreo apoyo inicial se fue diluyendo hasta un rechazo mayoritario actual, con gran parte de los estadounidenses convencidos de que el país no ha cumplido las metas trazadas inicialmente.
La amenaza del terrorismo como nueva normalidad
Aunque desde el 11-S no se han registrado ataques terroristas de magnitud, en la opinión pública estadounidense, esa amenaza sigue ocupando las principales preocupaciones, según el Pew Research Center (PRC), que realiza una encuesta anual sobre las prioridades de la ciudadanía.
Desde su pico en enero de 2002, cuando apenas unos meses después de los atentados el 83% de los encuestados situaba la "defensa del país frente a futuros ataques terroristas" como máxima prioridad, la cuestión ha seguido encabezando las preocupaciones de los estadounidenses.
Sin embargo, de acuerdo con los datos presentados por el Pew Research Center, esa mirada empieza a mostrar distancias por ideología y edad.
Por un lado, aquellos que se definen como republicanos o con tendencia conservadora suelen situar al terrorismo (que ahora también incluye la posibilidad de actos de terrorismo doméstico) entre las principales amenazas, mientras que entre los demócratas o de tendencia progresista ocupan lugares más preponderantes la crisis climática o la propagación de información falsa.


















