Experimentar ahogo al subir escaleras, sufrir una tos seca crónica o tener que limitar actividades diarias por el esfuerzo que demandan pueden ser indicios de una patología pulmonar grave aunque poco difundida.
Esta afección, conocida como fibrosis pulmonar, se define por la formación de tejido cicatricial que endurece los pulmones, dificultando el intercambio de oxígeno hacia el torrente sanguíneo. La dolencia puede manifestarse de diversas maneras; por ejemplo, en la fibrosis pulmonar idiopática (FPI), cuyo origen se desconoce y afecta mayormente a mayores de 50 años.
De acuerdo con estimaciones de la Asociación Argentina de Medicina Respiratoria (AAMR), basadas en datos internacionales, se calcularían entre 6.000 y 12.000 pacientes con FPI en el país. Asimismo, la fibrosis puede estar vinculada a cuadros de esclerosis sistémica, artritis reumatoidea u otros trastornos pulmonares.
Un metaanálisis del año 2026 situó la prevalencia global de la fibrosis pulmonar progresiva (FPP) en 37 personas por cada 100.000 habitantes. Ante la carencia de registros epidemiológicos locales, se estima que en Argentina habría aproximadamente 17.000 casos de variantes progresivas, mientras que a nivel mundial la cifra podría alcanzar los 9,2 millones de personas.
“La fibrosis pulmonar no es una entidad única, por lo que llegar a un diagnóstico preciso resulta crucial. Aunque dos pacientes presenten manifestaciones similares, el origen, el pronóstico y el tratamiento pueden variar. Por ello, ante la duda, es fundamental que la evaluación la realice un especialista en enfermedades pulmonares intersticiales”, señaló Juan Ignacio Enghelmayer, neumonólogo del Hospital de Clínicas "José de San Martín" (UBA), durante una conferencia.
Uno de los principales obstáculos es que los síntomas iniciales son difusos o inexistentes. La sensación de falta de aire suele ser atribuida erróneamente al tabaquismo, la edad, el sedentarismo o afecciones cardiorrespiratorias comunes. Según diversos estudios, el retraso diagnóstico promedia entre uno y dos años, llegando incluso a los tres años en ciertos casos, sumado a diagnósticos erróneos previos como bronquitis, asma o neumonía.














